¿Qué escuchaba el público de Fernando Sor?

Hay una pregunta que, una vez que te la haces, no te deja escuchar igual la música.

¿Qué escuchaba realmente el público cuando Fernando Sor tocaba o estrenaba una de sus obras?

No lo que nosotros escuchamos hoy en día, no en un auditorio moderno, con una guitarra de concierto de construcción moderna y butacas para cuatrocientas personas. Sino el público de su tiempo, en su espacio, con su instrumento.

Y de ahí viene la pregunta de fondo: ¿estamos interpretando para auditorios del siglo XXI una música para guitarra concebida para una realidad de espacios originales completamente distinta?

El auditorio original: el salón burgués

El espacio natural donde se tocaba la música de Fernando Sor no era ningún teatro, era el salón burgués — una habitación doméstica, en una casa, con tapizados, cortinas, alfombras y, en muchos casos, no más de veinte o treinta personas sentadas cerca del intérprete, iluminados todos por velas.

Estos detalles son muy importantes.

Los materiales blandos de ese espacio, como alfombras, cortinas etc., absorben el sonido por lo que la reverberación es casi nula. Cada nota llega al oyente de forma directa, sin que el espacio la mejore, ni la prolongue artificialmente. El público estaba muy cerca del guitarrista que tocaba, literalmente, a dos metros del intérprete.

Hoy, cuando tocamos en salas de conciertos, el sonido tiene que viajar doce o quince metros para llegar al fondo de la sala. Son contextos acústicos radicalmente diferentes — y esa diferencia afecta a todo: a la dinámica, la articulación, el tempo, el uso del silencio…

La guitarra de entonces y la de hoy

El instrumento también ha cambiado de manera significativa.

La guitarra de la época de Sor — primeras décadas del siglo XIX — era más pequeña, con cuerdas de tripa de animal y trastes también de tripa atados al mástil. Producía un sonido más delicado, más íntimo, con menor proyección y un sustain diferente al de la guitarra actual.

No era un instrumento inferior en calidad, simplemente era un instrumento construido exactamente para su contexto: el salón, la habitación, una sala en una casa cualquiera.

La guitarra moderna, desarrollada a partir de Antonio de Torres en la segunda mitad del XIX, tiene mayor volumen y proyección y fue diseñada, precisamente, para adaptarse a espacios más grandes, a salas más espaciosas, y a un concepto de concierto público que en la época en que na nuestra actual guitarra comenzaba a consolidarse.

Por eso, cuando tocamos a Sor con una guitarra moderna, ya hay una diferencia de base entre lo que suena ahora y lo que el compositor concibió entonces.

El público que escuchaba

El tercer elemento es quizás el más interesante desde el punto de vista pedagógico: el oyente.

El público del salón burgués no era pasivo de la misma manera que el oyente de concierto actual. En muchos casos, él mismo tocaba la guitarra en su casa, era un aficionado que practicaba guitarra en sus ratos libres, siendo un instrumento muy popular entre los aficionados de la época, y eso significa que el oyente conocía el repertorio, entendía la dificultad técnica, reconocía los recursos estilísticos.

No escuchaba desde la ignorancia, escuchaba desde la familiaridad, sabía cómo «funcionaba» lo que estab viendo y escuchando.

Eso daba al compositor una libertad distinta, porque al componer podía ser más sutil, puede hacer guiños técnicos, podía asumir que ciertos refinamientos serían apreciados sin necesidad de explicarlos demasiado.

La acústica que Sor tenía en mente

Volvamos al espacio donde se tocaba, a la sala, a la habitación, porque hay una consecuencia acústica que tiene implicaciones directas para la interpretación.

En un salón con esas características, el silencio entre las notas existe de verdad, pues no hay reverberación que llene los huecos. El rubato, el ritardando, la articulación, la separación entre frases… todo se escuchaba entonces con una nitidez y una claridad que en un auditorio moderno se difuminaría, o resultaría excesivamente seca.

Y al contrario: ciertos efectos que funcionan bien en salas grandes — una resonancia larga, un vibrato amplio, una dinámica muy contrastada — en el salón podrían sonar desproporcionados.

La música de Sor fue pensada, conscientemente o no, para ser tocada en esa acústica concreta de salón.

¿Qué hacemos ahora nosotros sabiendo esto?

No se trata de reproducir exactamente las condiciones del siglo XIX, eso sería imposible y tampoco necesariamente deseable.

Pero sí implica hacerse preguntas concretas como intérpretes en relación al sonido que estamos proyectando:

  • ¿Estoy proyectando el sonido hacia el fondo de una sala… o estoy comunicando a alguien que está a dos metros de mí?
  • ¿Mi dinámica, volumen, está ajustada a este espacio concreto donde toco, o es la que «siempre uso»?
  • ¿Estoy tocando para un público familiarizado con el repertorio, que entiende, o para alguien que lo escucha por primera vez?

Sor no pensó en nuestras actuales salas de conciertos cuando escribió sus estudios, sus fantasías, sus variaciones. Pensó en su salón, en esa habitación pequeña, en sus contemporáneos, en ese instrumento de su época y su posibilidades sonoras y de expresión. Tender ese puente entre aquel pasado y este presente, conscientemente, es parte del trabajo del intérprete.

Para cerrar

La próxima vez que toques una pieza del siglo XIX, intenta imaginar durante un momento ese salón pequeño, doméstico, donde tocaba Sor de aquella época: las conversaciones que se callaron, el público sentado a dos metros del interprete, las velas iluminando los rostros, la guitarra de cuerdas de tripa sonando suave en la sala.

Puede que saber y recordar todo esto cambie algo tu manera de tocar e interpretar a Sor, o incluso en cómo escuchas su música.


¿Te interesa este tipo de reflexión histórica aplicada a la interpretación? Puedes ver el vídeo completo en mi canal de YouTube.

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